domingo, 16 de mayo de 2010

Ataduras



La maldición empezó el día que esta yegua entró en la casona. Hacía mucho frío. La había dejado el patrón a la mañana, en el cuarto de atrás, como siempre. A cada una que trae, todas las veces, las deja ahí tiradas, bien dopadas, nunca tuvimos problemas. A la noche, cuando entramos, las encontramos ya despiertas, sorprendidas, preguntándose dónde están, qué les pasó. Y en dos o tres días las amansamos por completo. Esta vez, con esta guacha, no fue así, el jefecito ya nos había avisado.

El lugar donde estacionaron era un pequeño claro en medio de unos árboles inmensos que ocultaban el vehículo de cualquier ojo intruso. Como zombis, los ocupantes de la camioneta fueron bajando de a uno, con las caras sucias de lagañas y cansancio, para iniciar su marcha en hilera por entre los árboles: si alguna vez hubo un sendero ya no se lo veía. Los hermanos Canita comandaban ese hato de menesterosos que marchaban como autómatas. Eran tan exactos los gemelos entre sí, que nunca nadie pudo saber quién era quién, posiblemente ellos mismos tampoco; un rebenque de madera con lonja de goma colgaba de la muñeca de cada uno.

¡Qué rabia!, pensaba la Rubia dando vueltas sobre su jergón, después de todo el trabajo que me costó volverme ciega, sorda y muda para sufrir un poco menos, soy tan idiota que, en sólo un momento, tiro todo por la borda. Pero, no puedo dejar de escucharla, me desespera; no ha parado un solo minuto de llorar a gritos. Tengo que ayudarla. ¿Qué hago? Ya sé, me voy para allá. ¡No!, no tengo que ir, estoy loca, si me agarran la voy a pasar muy mal. ¿Por qué me van a agarrar?, todos duermen, los Canita nunca vuelven. Me tiro panza abajo, ¡así!, me voy arrastrando despacito, ¡así!, con los brazos para adelante, como periscopio. ¡No, tengo que parar!, me van a agarrar, me van a torturar, en el medio del salón, como escarmiento. ¡No!, tengo que ser fuerte, tengo que seguir. Necesita ayuda.

No hay comentarios:

Publicar un comentario